Heberto Padilla fue obligado a confesar. Junot Díaz, a justificarse. Uno bajo el socialismo real, otro bajo el progresismo cultural. Ambos terminaron silenciados. Este ensayo narra cómo la figura del escritor indócil —que no repite consignas ni modula su voz al gusto de la época— sigue siendo intolerable.
Por Israel Centeno

Hubo un tiempo en que la confesión pública era parte del ritual represivo de los regímenes totalitarios. Al disidente no solo se le exigía renunciar a sus ideas, sino hacerlo de forma espectacular, performativa, bajo los reflectores de la propaganda, para que el pueblo no solo viera la retractación, sino también la humillación. Ese fue el caso de Heberto Padilla, poeta cubano, que en 1971, tras la publicación de Fuera del juego, fue arrestado por la Seguridad del Estado y obligado a leer una autocrítica pública que hoy es una lección de anatomía del quiebre del escritor ante el poder.
Décadas después, en una sociedad democrática, liberal y en teoría abierta, otro escritor —Junot Díaz— vivió una inquisición moral distinta, pero con una estructura simbólica inquietantemente similar. No fue arrestado. No fue torturado. No fue obligado a confesar en una celda. Y sin embargo, fue empujado a escribir una autocrítica pública, publicada en The New Yorker, donde detallaba traumas personales, errores del pasado, culpa emocional y una necesidad de reconciliación con los códigos morales del ecosistema cultural que lo rodeaba.
Padilla y Díaz compartieron una experiencia común: el silencio impuesto. Uno por la violencia explícita del autoritarismo. Otro por la maquinaria más sutil —pero no menos efectiva— del juicio social ejercido desde los corredores del progresismo institucional.
Cuando Padilla leyó su confesión en 1971, lo hizo frente a sus compañeros de la UNEAC. Figuras como Nicolás Guillén o Lisandro Otero lo escuchaban con incomodidad y sumisión. El poeta no solo confesaba haber “traicionado la revolución”, sino que incriminaba a su esposa y a sus amigos. Era un espectáculo pedagógico. El acto de expiación como teatro político. La derrota del lenguaje como victoria del Estado.
Junot Díaz no fue obligado por decreto. Es ciudadano de una democracia plural. Pero su caso ilustra cómo el poder hoy opera bajo nuevos formatos. En 2018, en pleno auge del #MeToo, surgieron acusaciones públicas por supuestos comportamientos inapropiados. Ninguno de ellos con consecuencias legales. Todos con consecuencias simbólicas.
La respuesta de Díaz fue un texto confesional, una herida abierta publicada en una de las revistas más prestigiosas del mundo. Allí hablaba de abusos sufridos en su infancia, de traumas no resueltos, de relaciones fallidas. No fue una defensa. Fue una entrega emocional. Un gesto de contrición moral. Una penitencia narrativa.
Y sin embargo, eso no bastó. Porque la maquinaria del progresismo editorial no busca verdad, sino obediencia emocional. No exige justicia, sino alineación afectiva. El texto fue leído no como sinceridad, sino como táctica. Como estrategia. Como intento desesperado de evitar el destierro. No hubo piedad. Solo el peso del juicio multiplicado en redes, universidades, paneles, clubes de lectura. Junot Díaz no fue censurado. Fue omitido. No por decreto. Por saturación.
En Cuba, Padilla fue silenciado con cadenas. En Estados Unidos, Díaz fue silenciado con silencio. Con omisión curatorial. Con protocolos institucionales de sensibilidad. Con comunicados que no lo nombran. Con premios que ya no llegan. Con invitaciones que se evaporan. En ambos casos, el efecto fue el mismo: el escritor reducido a su falta.
Y sin embargo, Díaz, en lo mejor de su obra, no fue un transgresor gratuito. Fue un escritor ferozmente honesto. Su literatura recogía el alma de lo dominicano con brutalidad y ternura. Con una voz híbrida, sonora, imperfecta, profundamente humana. No blanqueó su historia. No estetizó el trauma. No convirtió la violencia en fetiche. No tradujo su herida a un código vendible para festivales universitarios. Eso fue, precisamente, su error.
Porque en la nueva ortodoxia editorial, el escritor latino debe hablar desde un guion. Debe encarnar la masculinidad culpable, el feminismo oportuno, el anticapitalismo moderado, el resentimiento justo, el romanticismo de la periferia. No puede ser contradictorio. No puede ser incómodo. Debe ser útil. Debe tener causa. Y si no tiene causa, al menos que tenga culpa.
Y si además de todo eso, no habla mal —y con la emoción debida— de las figuras enemigas del canon, queda fuera. Si no maldice a Uribe, si no convierte a Chávez en mártir o monstruo según el gusto del jurado, si no repite los mantras de la redención identitaria, no entra en la conversación. Porque lo que se premia no es la literatura, sino el discurso correcto.
Ya no se exige el carné del partido. Se exige el carné afectivo. El código de acceso emocional. La sensibilidad compartida. El hashtag en la solapa.
Y si uno se niega, como se negó Padilla. Y si uno se aparta, como se apartó Díaz. Entonces el castigo no es el exilio físico, sino el simbólico. No es la cárcel. Es la invisibilidad. La orden tácita de stay low. No hagas ruido. No pienses raro. No escribas desde ti. No seas tú.
Eso no es libertad. Eso no es literatura. Eso es un neostalinismo con sonrisa inclusiva y logo pastel.
Y no termina ahí. También se cuela en el aula. El salón de clases, que debería ser un espacio para el pensamiento incómodo, se convierte en un espacio donde el profesor es juzgado no por lo que enseña, sino por cómo lo dice. Donde debe calibrar su voz al estado emocional del grupo. Donde se le exige pedagogía emocional, no rigor intelectual.
Pero no. Un profesor debe ser respetuoso con sus estudiantes, sí. Pero no debe modular su voz ni su pensamiento al gusto particular de cada uno en la clase. Su tarea no es complacer sensibilidades, sino despertar inteligencias; no es adaptarse al estado emocional del grupo, sino invitar al pensamiento, incluso cuando incomoda. La autoridad del maestro no está en su tono, sino en su capacidad de conducir al conocimiento sin pedir permiso para pensar.
Y eso es lo que está en juego: el derecho a escribir sin pedir permiso. A enseñar sin leer el guion emocional aprobado. A decir lo que no se espera. A ser un escritor sin causa, sin red, sin slogan. Un escritor que no se convierte en marca ni en víctima rentable.
Padilla fue silenciado por decreto. Díaz, por el algoritmo emocional del presente. Ambos representan, cada uno en su tiempo, la figura más antigua y más peligrosa de todas: la del escritor que no obedece.
Yo escribo desde ese mismo lugar.
En inglés con acento.
En español con vértigo.
Y aún no sé si eso es una derrota… o el único lugar desde donde vale la pena escribir.
Israel Centeno
Desde la Torre de Alejandría, año del índice curatorial

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