Israel Centeno
🇬🇧🇪🇸

Italy emerged from the Great War with an invisible wound. It had fought on the side of the victors, but felt defeated. In the squares of Rome and Milan a bitter phrase was repeated: “Mutilated Victory.” Soldiers came home with rusted medals, no land, no jobs. Half a million dead and an unkept promise. Versailles had denied them Dalmatia, Asia Minor, colonies. The spoils of war had evaporated.
The country seemed ready to explode. In Turin and Milan, workers occupied factories as if they were improvised fortresses; in the south, peasants seized lands that weren’t theirs. It was the Biennio Rosso—two years of smoke, barricades, red flags whipping in the wind. The elites saw in every strike the ghost of the Bolshevik Revolution. In cafés, Lenin’s name was whispered like that of a distant god who might appear at any corner in Naples or Genoa.
Amid this chaos appeared a man with a hard expression and an inflamed voice: Benito Mussolini. He came from socialism, from workers’ newspapers, from union rallies. He had been expelled for heresy—for defending the war when his comrades preached internationalism. Now he returned under a different banner: neither liberal nor communist. Nationalist. In 1919 he founded the fasci di combattimento, and his followers wore black shirts and marched like a parallel army.
Violence was their language from the beginning. The squadristi stormed into towns, beat strikers, burned socialist offices, forced their enemies to swallow castor oil. Politics became theater, and the street, a stage.
But the aesthetic inspiration came from another man, a poet who decided to live as a general: Gabriele D’Annunzio. In 1919, surrounded by veteran arditi, he marched on the city of Fiume and occupied it. There he invented a ritual: night parades, collective chants, Roman salutes with outstretched arms, black uniforms that turned men into symbols. It was a poetic-military experiment, a republic of martial music and hallucinatory speeches. Mussolini watched closely, learning every gesture, every liturgy.
Italian streets became a distorted mirror. Fascists and socialists looked alike and despised each other. Both scorned liberalism, both worshipped action, both dreamed of destroying the bourgeois order. The difference lay in destiny: the socialists sought power for the proletariat; the fascists, greatness for the nation. That is why the fights were fratricidal. One day they marched together in a strike; the next, they beat each other with clubs in the same square.
By 1922, chaos reached its climax. Strikes, inflation, fragile governments collapsing one after another. Then Mussolini made his final gamble: the March on Rome. Thousands of blackshirts paraded with muddy boots, rifles slung over their shoulders, singing hymns. King Victor Emmanuel III, fearing civil war, handed power to the Duce.
Thus was born Europe’s first totalitarian regime. Out of a mutilated victory, out of poetry turned to gunpowder, out of a country that dreamed of grandeur and awoke to the discipline of an absolute leader.
El nacimiento del fascismo italiano
Italia salió de la Gran Guerra con una herida invisible. Había luchado en el bando vencedor, pero se sentía derrotada. En las plazas de Roma y Milán se repetía una frase amarga: “Victoria mutilada.” Los soldados regresaban con medallas oxidadas, sin tierra, sin empleo. Medio millón de muertos y una promesa incumplida. Versalles le había negado Dalmacia, Asia Menor, colonias. El botín de guerra se había evaporado.
El país parecía a punto de estallar. En Turín y Milán, los obreros ocupaban fábricas como si fueran fortalezas improvisadas; en el sur, campesinos se apoderaban de tierras que no les pertenecían. Era el Biennio Rosso: dos años de humo, barricadas y banderas rojas flameando al viento. Las élites veían en cada huelga el fantasma de la Revolución Bolchevique. En los cafés, el nombre de Lenin se susurraba como el de un dios lejano que podía aparecer en cualquier esquina de Nápoles o Génova.
En medio de ese caos apareció un hombre de gesto duro y voz inflamatoria: Benito Mussolini. Venía del socialismo, de los periódicos obreros, de los mítines sindicales. Había sido expulsado por hereje —por defender la guerra cuando sus camaradas predicaban el internacionalismo—. Ahora regresaba bajo otra bandera: ni liberal ni comunista. Nacionalista. En 1919 fundó los fasci di combattimento, y sus seguidores vistieron camisas negras y marcharon como un ejército paralelo.
La violencia fue su lenguaje desde el inicio. Los squadristi irrumpían en los pueblos, golpeaban huelguistas, incendiaban sedes socialistas, obligaban a sus enemigos a beber aceite de ricino. La política se convirtió en teatro, y la calle en escenario.
Pero la inspiración estética venía de otro hombre, un poeta que decidió vivir como general: Gabriele D’Annunzio. En 1919, rodeado de veteranos arditi, marchó sobre la ciudad de Fiume y la ocupó. Allí inventó un ritual: desfiles nocturnos, cantos colectivos, saludos romanos con el brazo extendido, uniformes negros que convertían a los hombres en símbolos. Fue un experimento poético-militar, una república de música marcial y discursos alucinados. Mussolini observaba de cerca, aprendiendo cada gesto, cada liturgia.
Las calles italianas se volvieron un espejo deformado. Fascistas y socialistas se parecían y se odiaban. Ambos despreciaban el liberalismo, ambos veneraban la acción, ambos soñaban con destruir el orden burgués. La diferencia estaba en el destino: los socialistas buscaban el poder para el proletariado; los fascistas, la grandeza de la nación. Por eso las luchas fueron fratricidas. Un día marchaban juntos en una huelga; al siguiente, se golpeaban con garrotes en la misma plaza.
En 1922, el caos alcanzó su clímax. Huelgas, inflación, gobiernos frágiles que se derrumbaban uno tras otro. Entonces Mussolini lanzó su apuesta final: la Marcha sobre Roma. Miles de camisas negras desfilaron con botas embarradas, fusiles al hombro, cantando himnos. El rey Víctor Manuel III, temiendo una guerra civil, entregó el poder al Duce.
Así nació el primer régimen totalitario de Europa. De una victoria mutilada, de la poesía convertida en pólvora, de un país que soñaba con grandeza y despertó bajo la disciplina de un líder absoluto.

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