
La historia de las revoluciones está escrita con puños cerrados, pero también con dedos cruzados. La Revolución Cubana, esa que bajó de la Sierra como un huracán con barbas, fusiles y promesas, no tardó mucho en descubrir que el fuego amigo quema más que el enemigo. El caso de Camilo Cienfuegos —el “hombre del sombrero alón”, el rebelde que sonreía mientras disparaba certezas— es un misterio envuelto en consignas, papeles perdidos y tormentas oportunas.
El 28 de octubre de 1959, Camilo abordó una avioneta Cessna 310 en Camagüey. Destino: La Habana. Nunca llegó. La versión oficial fue inmediata: accidente aéreo, mal clima, búsqueda infructuosa, silencio conveniente. Lo buscaron —dicen— como se busca a un mártir cuando ya se decidió que será mártir.
Pero nadie olvida que días antes había arrestado a Huber Matos, otro comandante rebelde, por disentir del viraje comunista. Y que, según cuentan los más viejos del Partido, Camilo no era un hombre fácil de domesticar. Tenía carisma. Tenía voz. Tenía pueblo. Y en los regímenes nacientes, eso es tan peligroso como tener un arma cargada. O peor: una conciencia encendida.
Fidel, como buen lector de Maquiavelo, sabía que la unidad es más importante que la verdad. Por eso la desaparición de Camilo se convirtió en un silencio obligatorio. En las escuelas enseñaban a recordarlo, pero no a preguntarse demasiado. Los archivos —si es que existen— están blindados con una mezcla de patriotismo y amnesia.
Los cubanos, sin embargo, no son tontos. La frase “Fidel mandó a matar a Camilo” ha recorrido más barrios que el pan de la libreta. Es más una forma de entender el poder que una acusación concreta. Pero las coincidencias apestan a traición: ninguna pieza del avión, ninguna señal de radio, ninguna explicación creíble. Solo la certeza de que en Cuba, los accidentes suelen tener nombre y apellido.
Lo mismo ocurre con Roque Dalton. Poeta, guerrillero, incómodo. Fue asesinado en El Salvador, sí, pero la decisión se cocinó en La Habana. Entre cigarros y mapas, los jerarcas del Departamento de América —esa oficina que Fidel usó como tablero de guerra continental— decidían quién vivía, quién moría, y quién debía quedarse en silencio. El Departamento filtró, controló, y dividió a las guerrillas latinoamericanas como un titiritero torpe con demasiadas marionetas.

El caso chileno es otra sinfonía de despropósitos. En 1971, cuando Fidel Castro visitó Chile durante 15 días, lo hizo como quien lanza fósforos a una bodega de pólvora. Su visita fue una provocación monumental, un circo ideológico. Dio discursos, paseó por minas y fábricas, y alentó —sin decirlo del todo— a los más radicales del MIR a boicotear a la propia Unidad Popular. Allende, un demócrata asediado, se convirtió en rehén de su propio idealismo. Y su guardia personal —comandada por el cubano Patricio de la Guardia— fue testigo de sus últimos segundos. Algunos dicen que fue el último en verlo con vida. Otros, que sabía demasiado.
Años más tarde, Patricio no fue fusilado como Tony de la Guardia y Arnaldo Ochoa, a pesar de estar implicado en los mismos asuntos turbios. ¿Por qué? Porque tal vez tenía una carta bajo la manga. O una grabación. O un secreto de esos que detienen balas.
Y queda ella. Beatriz Allende, la Tati. La hija del presidente mártir. La militante, la médica, la compañera. Exiliada en Cuba tras el golpe, rodeada de homenajes y vigilancias, casada con un revolucionario cubano que —como en tantas historias de aparente redención— ya estaba casado. Descubrió la traición íntima mientras digería la traición histórica. Su padre muerto, su país perdido, y su refugio convertido en teatro. Cayó en una espiral sin retorno. Dicen que se suicidó con una sobredosis en 1977, pero en Cuba los suicidios, como los accidentes, vienen con pie de página invisible.
Su historia no es un caso aislado, sino un espejo. A través de ese espejo debe leerse la figura de Fidel Castro. No como el ícono congelado en afiches o el villano de caricatura, sino como el estratega implacable que convirtió la tragedia de otros en combustible para su proyecto. Un proyecto donde la lealtad se confundía con la obediencia, y el idealismo ajeno era útil… hasta que empezaba a pensar demasiado.
Piñeiro, Aidé Santamaría, los rumores sobre los La Guardia, los barcos de Pablo Escobar en los puertos cubanos. La historia es una ópera caribeña de traiciones, amores rotos y sueños oxidados. En esa trama, Fidel siempre aparece en primer plano, pero nunca en la escena del crimen.
Al final, lo que queda es una isla llena de tumbas sin nombre, de héroes sin cuerpo y de preguntas sin respuesta. Lo que queda es la sospecha como forma de conocimiento. Y la certeza de que, en la Revolución Cubana, los mártires siempre caen bien, pero los líderes prefieren que caigan lejos, sin testigos y con aplausos.
Fuentes consultadas:
• BBC Mundo. (2019). 60 años de la misteriosa desaparición de Camilo Cienfuegos.
• Padura, Leonardo (2018). La novela de mi vida. Tusquets.
• Franqui, Carlos (2006). Diario de la Revolución Cubana. Plaza & Janés.
• Lage, Sergio (2017). Fidel, el Camaleón. Planeta.
• Flores, Rafael (2015). Los héroes y el silencio. Gaviota Ediciones.
• Torres-Cuevas, Eduardo (2011). Cuba: Historia y verdad. Editorial Ciencias Sociales

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