Literatura, experiencia e inteligencia artificial
Israel Centeno
Hay quienes temen que la inteligencia artificial termine por apagar la imaginación humana: que la literatura se vuelva un depósito de textos prefabricados, armados con fórmulas, y que el escritor desaparezca detrás de una máquina capaz de ordenar nuestros pensamientos en frases impecables. Sospecho que ocurre otra cosa. La máquina no solo ha multiplicado nuestros medios de expresión; nos ha vuelto a poner delante una exigencia que teníamos medio olvidada, la de ejercer nuestra voluntad creadora. Importa menos si una máquina puede escribir una buena novela o producir una imagen deslumbrante que saber quién quiere que esa novela o esa imagen existan.
Imaginemos un burro rosado que sobrevuela una ciudad impulsado por unas aspas de helicóptero que le salen de la cola. Una máquina podría dibujarlo en segundos, con textura, movimiento y luz de cine, y hasta podría producir algo parecido sin que nadie se lo pidiera. Pero una cosa es poder producir una imagen y otra es querer esa imagen en particular. La ocurrencia me puede llegar mientras me como una arepa, y no le debo explicaciones a nadie. Quizá detrás haya una asociación lejana, un recuerdo de infancia, algo que vi hace años, o nada que yo pueda rastrear jamás. Aun así, en un momento dado decido que quiero ese burro, con esas aspas, volando de esa manera. La máquina puede ejecutar la idea; la idea no la tuvo ella. Entre los millones de disparates que podría generar, hay uno que yo escogí, y esa elección tiene una historia que la imagen terminada no muestra. Imaginar no basta. La voluntad creadora es decidir qué hacemos con lo que imaginamos.
En la literatura esto se complica. Cuando escribo un capítulo tengo que decidir si mi protagonista muere, si sobrevive lisiado o si pierde su lugar frente a otro personaje, y la lógica narrativa por sí sola no lo resuelve: mi experiencia, mis contradicciones y lo que sé tienen voz en el asunto. Esa misma voluntad trabaja en decisiones que parecen nimias. Puedo escribir que, una mañana de verano, en el llano de Venezuela, el aire olía a tierra mojada después de la lluvia. Pudo haber olido a bosta, a café recién colado, a monte quemado, a gasolina, o a nada. Escogí la tierra mojada, y esa elección puede venir de algo que viví, de un recuerdo que he ido transformando, de una nostalgia que nunca terminé de admitir, o de una invención que ya se instaló en mi memoria imaginaria. No existe un inventario neutral de sensaciones esperando a que alguien las use. El escritor escoge, descarta, transforma, y su experiencia del mundo se cuela en la elección de una palabra, en el largo de una frase, en un silencio. De ahí nace la atmósfera: no tanto de describir un paisaje como de decidir cómo vive ese paisaje dentro de una conciencia.
Con el estilo pasa lo mismo. Se le puede desarmar en hábitos, el largo de las oraciones, los adjetivos preferidos, las metáforas que vuelven, pero debajo de esos hábitos hay una manera de pensar: aquello en lo que un escritor se detiene y aquello que deja pasar, las conexiones que hace y que otro jamás haría. Su lengua lleva las marcas de su vida, y también de sus lecturas, sus obsesiones, sus rechazos. Una máquina puede estudiar esas regularidades e imitarlas con una precisión inquietante. Lo que reproduce es la huella que dejaron esos años de experiencia, no la experiencia.
Puedo pararme frente al Guernica, fotografiarlo con una cámara extraordinaria, imprimirlo a tamaño natural y tener una copia magnífica. No habré pintado el Guernica. La fotografía reproduce una imagen, no el acontecimiento que hizo nacer el cuadro: las decisiones de Picasso, su relación con la violencia, la manera en que convirtió una catástrofe histórica en un hecho pictórico. La copia puede ser casi idéntica a primera vista y sigue siendo una copia. La influencia es otra cosa. Un pintor puede aprender de las figuras fragmentadas de Picasso y levantar con ellas un mundo completamente distinto. Puede aprender del azul de Matisse, de dónde lo coloca junto a otros colores y de cómo le sube o le baja la presencia, y cuando esa lección pasa por su propia experiencia deja de ser imitación y se vuelve una puerta hacia su obra. La historia del arte está llena de esos pasajes. No veo por qué la inteligencia artificial habría de abolirlos de golpe. Lo que quizá ha cambiado es la manera en que los reconocemos.
Hoy la gente intenta averiguar si un texto lo escribió una máquina mirando su sintaxis, su regularidad, sus giros previsibles. Una frase resulta sospechosa por estar demasiado bien hecha; otra pasa por humana porque tropieza. No me fío de esa prueba. Una persona puede escribir una frase perfecta y una máquina puede producir una torpe, y ni el pulimento ni el error demuestran que hubo una voluntad detrás. Esa voluntad importa de todos modos, porque una obra literaria es algo más que una combinación de palabras; sale de una relación entre experiencia, conocimiento, imaginación y decisión. Eso no quiere decir que el escritor controle cada palabra. Muchas veces descubrimos lo que queríamos decir al escribirlo: un personaje se desvía, una frase destapa algo que no sabíamos que buscábamos, una imagen llega de quién sabe dónde. Aun entonces la voluntad interviene, porque aceptamos la imagen o la botamos, la corregimos o la seguimos hasta el final. Crear también es saber lo que uno se niega a aceptar.
Aquí la máquina ofrece algo que me parece de veras interesante: puede participar en el pensamiento que precede o acompaña a la escritura. Un escritor puede sostener con ella una conversación larga, proponerle una idea, recibir una lectura y rechazarla porque no da en el clavo. Puede insistir, contradecir, traer ejemplos, descubrir incoherencias y seguir hasta tocar fondo. No está solo consumiendo información; está pensando. La máquina aporta formulaciones, objeciones, asociaciones, maneras de ordenar un argumento. Si propone una frase o redacta un párrafo, ha participado materialmente en la escritura, y negarlo sería absurdo. Igual de insensato sería concluir que eso anula la autoría intelectual de quien concibió la obra, la discutió, la corrigió y la condujo. Producir un texto, concebirlo y responder por lo que dice son cosas distintas. Muchas veces recaen en una misma persona, pero pueden repartirse. La literatura siempre ha conocido la colaboración, la revisión, la traducción, la influencia; la máquina añade una mediación nueva, más rápida y más vasta, sin borrar la diferencia entre el instrumento, el proceso y la voluntad que los mueve.
La ingenuidad contraria también existe. Un texto producido automáticamente no se convierte en la obra literaria de alguien porque tecleó una instrucción y aceptó el resultado. La voluntad creadora exige participación real, una relación consciente y crítica con lo que se está haciendo. No basta con querer tener una novela; hay que querer esa novela, decidir qué mundo contiene, quién lo habita, qué hechos merecen contarse, qué palabras se quedan y cuáles se van, y estar dispuesto a responder por todo ello.
Por eso no me asusta demasiado que una máquina imite mi estilo. Podrá reproducir mis metáforas, mis ritmos, mis imágenes recurrentes, y armar textos que suenen a mis libros. No habrá vivido mi vida ni sentido la necesidad que me llevó a escribirlos. No habrá olido por mí la tierra mojada del llano, ni pasado por mis pérdidas y mis destierros. Podrá describir esas cosas, incluso inventar otras parecidas, pero describir una experiencia no es tenerla, y tenerla tampoco garantiza nada. Entre la experiencia y la obra terminada hay una transformación que pide sensibilidad, conocimiento, oficio y voluntad. Por eso no creo que la autenticidad pueda leerse en un texto acabado. Una obra generada puede ser intensa y una humana puede estar muerta en la página; la intensidad no prueba el origen, aunque pueda nacer de una relación exigente entre una persona y el lenguaje.
Quizá pasamos demasiado tiempo confundiendo la capacidad de producir lenguaje con la voluntad de decir algo, y la máquina, al fabricar frases impecables a pedido, ha hecho más visible la diferencia. La tarea del escritor no es inventar extravagancias que ninguna máquina pueda copiar, ni esconderse detrás de una torpeza deliberada como prueba de humanidad. Es seguir decidiendo. La máquina puede dibujar el burro. Alguien todavía tiene que quererlo en el cielo, saber por qué, y saber qué hace ahí, en el mundo que eligió crear. La literatura nace menos de lo que somos capaces de producir que de aquello que, entre todo lo que el lenguaje y la imaginación permiten, decidimos que merece existir.
@israelcenteno IC

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