El códice de Ramer, la revelacion del misterio de La Trinidad por un erudito irani.

Joseph Cartaphilus, Israel Centeno

Tres que son uno

(tras un manuscrito apócrifo hallado en Ginebra)

No sé si fue en Bizancio o en un sueño

donde escuché que el Uno se desdobla

no en dos, que es guerra, sino en tres,

que es número más piadoso para el enigma.

El primero no habla: es el Silencio.

El segundo pronuncia lo innombrable.

El tercero, quizás viento o latido,

los une en un círculo sin centro.

No es dogma ni blasfemia, es cifra.

El signo gira como el tiempo en Palenque,

devorando soles, nombrando lo innombrable,

hasta que el ojo despierta y es abismo.

Quizá los persas lo intuyeron en la llama,

y un hereje andaluz en la geometría.

Yo sólo vi, fugaz, una forma

que era tres sombras sobre una misma piedra.     poner esto en perspectiva a ver cual es el resultado

En 1948, durante un congreso de filología en Basilea, el profesor húngaro László Ramer presentó, sin mayor preámbulo, un pergamino deteriorado cuya existencia había sido negada durante siglos. Lo llamó Trinum, y aseguraba que era una copia parcial de un códice anterior al siglo VI, redactado —según afirmaba con una sonrisa glacial— en una lengua sin vocales y sin sujeto.

El códice, ilegible para la mayoría, no ofrecía narración alguna, sino una serie de fórmulas, figuras geométricas y breves versículos que el propio Ramer tradujo así: El primero es el Silencio. El segundo, el Nombre. El tercero, el Aliento que los reúne. El auditorio, compuesto en su mayoría por filólogos positivistas, lo tomó como una paráfrasis gnóstica sin relevancia. Pero hubo uno, el colombiano Joaquín Zurek, que lo siguió hasta la pensión donde Ramer se alojaba.

Zurek registró en su diario que, esa noche, Ramer le confesó que el códice no había sido descubierto, sino recordado. Según él, provenía de un sueño que tuvo repetidamente desde niño, donde tres figuras —una sin rostro, otra hecha de voz y la última, un círculo ardiente— danzaban sobre una piedra negra. El códice era su intento torpe por apresar lo que intuía como una verdad anterior al lenguaje.

En un gesto que Zurek nunca logró interpretar, Ramer le entregó el manuscrito esa misma noche, junto con un único comentario:
 

[…] Ramer desapareció dos días después. Se dijo que había viajado a Irán en busca de un antiguo texto zoroástrico que confirmaría su teoría sobre la tríada sagrada. En 1950, un breve telegrama cifrado llegó a la Universidad de Basilea: “El fuego tiene tres nombres”. Fue lo último que se supo de él.

Décadas más tarde, un artículo en una olvidada revista persa registró la ejecución de un extranjero acusado de herejía, blasfemia y perversión mística. Aquel hombre, colgado en una plaza de Yazd, hablaba en una lengua que nadie comprendía y llevaba entre sus ropas un talismán triangular con inscripciones indescifrables. Algunos testigos aseguraron que, en el momento de su muerte, murmuró una palabra que no era ni árabe ni farsi, sino algo más antiguo.

Zurek, quien había recibido el códice años antes, nunca volvió a referirse a Ramer. Guardó el manuscrito entre las páginas de Los trabajos y los días, y lo marcó con una nota en latín: “Trinitas fugitiva, non doctrina: umbra.”

Los teólogos aún disputan si el texto es una clave gnóstica, una ironía mística o simplemente el delirio de un visionario. Pero entre los lectores de ciertas bibliotecas herméticas, corre la historia de un hombre que vio el misterio del Uno desdoblándose en Tres, y que pagó con su vida por haberlo pronunciado.

—No es dogma ni blasfemia, Zurek. Es una cifra. Lea entre las sombras:

tres sombras que no proyectan cuerpo, danzando eternamente sobre una piedra que no arroja sombra.

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Tres que son uno

(tras un manuscrito apócrifo hallado en Ginebra)

No sé si fue en Bizancio o en un sueño

donde escuché que el Uno se desdobla

no en dos, que es guerra, sino en tres,

que es número más piadoso para el enigma.

El primero no habla: es el Silencio.

El segundo pronuncia lo innombrable.

El tercero, quizás viento o latido,

los une en un círculo sin centro.

No es dogma ni blasfemia, es cifra.

El signo gira como el tiempo en Palenque,

devorando soles, nombrando lo innombrable,

hasta que el ojo despierta y es abismo.

Quizá los persas lo intuyeron en la llama,

y un hereje andaluz en la geometría.

Yo sólo vi, fugaz, una forma

que era tres sombras sobre una misma piedra.     poner esto en perspectiva a ver cual es el resultado


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